
La mosca es un animal que apenas llamaría la atención de cualquiera de nosotros (salvo si nos lee algún entomólogo). Como máximo agarraríamos el insecticida y, fliss, acabaríamos con su vida sólo para evitarnos el cansino zumbido. Pero no fue así para Descartes.
Descartes le daba tanto al coco que hasta la entrada de una simple mosca en su habitación le fue suficiente para hacer avanzar las matemáticas. Descartes era de los que se pasaba muchas horas tumbado en la cama, porque prefería ejercitar la mente a los músculos. Entonces oyó un zumbido.
Localizó a la mosca con la vista. Y llegó a una conclusión. Que era posible determinar en cada instante la posición del insecto. Allí, allá, acullá. Para ello bastaba con conocer su distancia con respecto a dos superficies perpendiculares: la pared y el suelo.
Descartes, entonces, se incorporó en la cama y dibujó en una hoja dos rectas perpendiculares mientras la mosca lo observaba sin entender nada de nada. Cualquier punto de la hoja, o sea, del plano, quedaba determinado por sus distancias a los dos ejes.
A estas distancias las denominó coordenadas del punto. Y permitían representar cualquier ecuación algebraica en forma de curva mediante una ecuación. Descartes, gracias a una mosca, logró encajar la geometría y el álgebra en lo que se llamó geometría analítica.
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